La bruma espesa bloquea la visión y obnubila. Despierto repentinamente de un breve descanso en un asiento del área de interacción del aeropuerto. Esperaba la partida de mi vuelo, pero no recuerdo hacia dónde me dirijo.
Solo escucho gritos desgarradores y personas huyendo sin rumbo. Mi abrigo ensangrentado denota que estuve en medio de un cruel enfrentamiento.
Ya nada funciona en el aeropuerto, todo es caos y desesperación.
No sé qué hacer. Tomo mis cosas y miro alrededor, desconcertado. No hay un camino claro de salida y la aflicción invade totalmente mis sentidos al punto que por instinto saco un arma que no era consciente de haber puesto en mi mochila. Me vuelco velozmente sobre un mostrador y paso por encima de él para estar del lado más seguro. Allí hay una persona sin una pierna, transpirando sin parar, gimiendo por el dolor.
Le pregunto qué pasó y su breve respuesta antes de morir fue que faltaban los últimos vuelos para escapar de un gran ataque, pero había más gente esperando que lugares disponibles en los últimos aviones.
No logro comprender la situación. No recuerdo haber llegado hasta aquí escapando de algo aterrador. Pero el arma en mi mochila indica que me tengo que proteger. Del otro lado del largo mostrador se oyen gritos y disparos. Cuando me asomo para valorar la escena un hombre le corta la cabeza a un joven que estaba a punto de reducir a otra persona en una lucha cuerpo a cuerpo. Una mujer se trepa al mostrador, salta y cae a mi lado con el rostro ensangrentado. No le salen las palabras, no se puede comunicar. Ahora se suman a ese refugio dos personas más, aparentemente conocidas. Una de ellas por fin puede explicarme el suceso.
Nuestra ciudad recibió un ataque masivo de un enemigo desconocido. Murieron la mayoría de los habitantes y el resto intentábamos huir en los 5 aviones que estaban disponibles en el aeropuerto. Solo uno logró despegar, porque la furia de los agresores bloqueó las salidas e hizo explotar los hangares. Solo quedó un extraño aparato del doble de tamaño del un avión convencional donde empezaron a hacer subir por la fuerza a todo quien pudieran capturar. Mujeres, niños, adultos, horrorizados intentaban evitar ser transportados. De pronto se encendió el aparato que estaba en la zona de despegue. El ruido es ensordecedor. A través de los cristales puedo ver la crueldad del trato y a personas que se lanzan al vacío de la nave que se encuentra despegada a unos 20 metros del suelo. No entiendo por qué las personas pelean encarnizadamente hasta herirse gravemente o exterminarse.
Atino a usar un teléfono, pero no funciona. Lo único que logro entender es que tengo que hacer todo lo posible para no subir a ese avión.
Vuelvo a mirar por los cristales que separan con el exterior y veo un centenar de siluetas con armas poderosas que se dirigen en bloque hacia nosotros. Adentro del aeropuerto, los muertos son mayoría. Es claro que vienen por nosotros.
Un hombre que se encuentra a mi lado me ruega que le dispare si es aprehendido. Una herida profunda en su estómago le impedirá escapar, está casi agonizante, entonces le disparo a la cabeza para aliviar su sufrimiento.
No soy el único que está armado; otros empiezan a disparar cuando los enemigos cruzan la puerta hacia el interior del lugar. Es una cacería humana, una lucha desigual que derrama sangre espesa por todo el suelo. De pronto, siento desprenderse las fibras del músculo de mi hombro derecho, casi sin sentir dolor por la potencia de la munición. Mi brazo casi cuelga. Caigo al suelo, inconsciente.
Deliro, transpiro profusamente, intento reaccionar, pero mi cuerpo no responde.
La última imagen que registro es de personas tendidas, como muertas, otras sollozando y de fondo y muy cercano el mismo ruido perturbador.
Estoy adentro de la nave.