Vengan por mí

Drama / Política 2024 Javier

España no ha logrado desentrañar uno de los mayores misterios de la historia contemporánea y la respuesta podría hallarse a 9.500 kilómetros de distancia.

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Estaban todos, menos Neruda –el invitado especial– que rechazó la convocatoria. Gobernantes, militares, periodistas, artistas, referentes sociales de la época, mujeres y hasta niños. Y Amorim, por supuesto, el ideólogo de todo aquello.

Fue la despedida que Federico García Lorca nunca pudo tener en España.

Había gente llorando sin consuelo esa tarde en la costa del río Uruguay al momento que Margarita Xingú ensayaba una notable representación de Bodas de Sangre. Cuando en un pasaje desgarrador reclama por la muerte de su hijo y suplica “…que le quitara un puñal que apenas cabía en la palma de su mano…”, despertó la reacción no solo del público sino de las lavanderas que como todos los días limpiaban sus prendas en el río. Cuentan que, en silencio, respetuosamente, se acercaron a presenciar el acto y al final una de ellas se dirigió a Xingú y le susurró: “Lamento mucho, yo sé lo que es perder un hijo”.

Para dimensionar este fenómeno extraordinario primero hay que entender quién fue Enrique Amorim, escritor salteño adinerado que se regodeó con los mayores exponentes del arte mundial de la primera mitad del siglo XX. Porque su amistad no era solo con Lorca, a quien conoció en Buenos Aires en 1933, iniciando un estrecho vínculo que se afianzó en numerosos viajes entre Uruguay y España. La relación está documentada en la amplia correspondencia que ambos mantuvieron (su último encuentro fue en Madrid pocos días del comienzo de la Guerra Civil).

Pero la lista sigue, fue amigo de Jacinto Benavente (premio nobel de Literatura en 1934) y se decía amigo de Jorge Luis Borges, porque estaba casado con su prima, Esther Haedo. Conoció a Chaplin y a Picasso en Francia. Llegó a recibir al mismísimo Pablo Neruda en su casa, el chalet Las Nubes en la zona del Parque Solari de Salto. Esta relación no habría terminado bien, por eso el desaire de Neruda citado al principio.

Aquí es donde cobra sentido la teoría de que los restos de García Lorca podrían estar en Salto y gana fuerza ahora, justo cuando se cumplen 90 años de su llegada a Uruguay, porque España ha abandonado la búsqueda y su familia pide no volver a intentarlo.

Sus restos no están en su Granada natal. El gobierno español ha realizado ingentes esfuerzos en hallarlos. Ha puesto todos los recursos técnicos y económicos al servicio de esta empresa, pero en al menos cuatro ocasiones su intento ha fracasado.

Esto no pone en cuestión la documentada investigación sobre las últimas horas de Lorca en su tierra natal. El punto es reconocer que existe una posibilidad, aunque algunos la consideren remota, de una salida de sus restos hacia otro país, en el marco de un acuerdo. Porque de lo que todos son conscientes es de que el cuerpo de García Lorca era un problema para el régimen franquista, que por todos los medios intentaba que no se hablara de su muerte (ejecutado se cree que el 18 de agosto de 1936) y mucho menos que encontraran un sitio donde llorar al artista de mayor influencia y popularidad de la literatura española del todo el siglo XX.

Y Amorim tenía los medios para hacerlo y los contactos necesarios para lograr la autorización.

Hay que agregar un dato relevante de esta historia: entre los meses de julio y octubre del 52 Amorim desapareció de todos los lugares conocidos. Pocos tiempo después, en enero de 1953, logró congregar una multitud en la Piedra Alta de la costanera sur salteña.

La gran víaEl homenaje a Lorca está simbolizado en un enorme muro de piedra que tiene tallada una frase que el poeta Antonio Machado le dedicó a su colega: “Labrad, amigos, de piedra y sueño, en el Alhambra, un túmulo al poeta, sobre una fuente donde llore el agua, y eternamente diga: el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”.

Por si esto no bastase para constituir una teoría, la participación de Amorim, único orador del acto, eleva al máximo las sospechas:

“Pueblo salteño que hiciste posible sin una sola voz adversa este silencioso y sencillo acto justiciero, gracias. Gracias por lo que intuyes, por lo que adivinas y por lo que sostienes en el ámbito de mi patria”. A continuación, unos obreros municipales abrieron una fosa detrás de la lápida y enterraron una caja blanca, como un sarcófago, momento en el cual Amorim pronunció la sentida frase: “Aquí, en un modesto pliegue del suelo, que me tendrá preso para siempre, está Federico…”.

¿Se necesita algo más para interpretar el significado de aquel suceso en el enero salteño del 53?

Un monumento y un sarcófago enterrado dos metros bajo tierra que no podrá develarse hasta el año 2053, porque la legislación uruguaya prevé que los actos testamentarios –este lo fue– se preserven por cien años.

¿Hubo alguna intención expresa de Amorim cuando por escrito estableció que ese cajón no se abriera antes de los 100 años? Habrá que esperar tres décadas para saberlo, salvo que a alguien se le ocurra, consensuadamente, anticipar la historia. Lo cierto es que España le debe una tumba a García Lorca y Uruguay podría contribuir a ese propósito.

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