Queríamos mudarnos, así que empezamos a buscar. La casa en la que vivíamos nos estaba empezando a quedar pequeña, o simplemente queríamos irnos. Miramos muchos anuncios, porque nuestro presupuesto era ajustado, hasta que encontramos esa casa en la calle 8 de Octubre, cerca del río. Concertamos con la inmobiliaria y la fuimos a ver.

Se trataba de una casa vieja, con un jardín delantero al que se accedía a través de una escalera de piedra que estaba en bastante mal estado, a decir verdad. La puerta principal estaba a un costado, sobre un pasillo con el piso bastante roto, de manera que entre las grietas del material del piso crecían pasto y algunas plantas. El interior de la casa, si bien en algunos ambientes era relativamente oscuro, no estaba nada mal. Y la casa, claro, era bastante más amplia que la que habitábamos en ese momento. En parte, lo que estábamos buscando era más espacio, así que en principio nos gustó. Además, había un pequeño ambiente cerrado que, nada más verlo, me hizo pensar en instalar en él una pequeña oficina para mí mismo, ya que en ese momento estaba intentando llevar a cabo algunos emprendimientos que requerían que trabajara desde mi casa. Cada vez me gustaba más.

La puerta de entrada daba a un living extenso que comunicaba con dos pasillos, uno en la misma pared que la puerta de entrada, el otro en la opuesta. El pasillo de la pared opuesta llevaba al baño y al dormitorio, que también era bastante grande, y el pasillo de la pared de la puerta llevaba al pequeño ambiente que yo había imaginado como oficina, que se cerraba con una puerta corrediza, y a la cocina. Tanto el dormitorio como la cocina daban al fondo de la casa, descrito en la publicidad de la inmobiliaria como un terreno amplio. Perfecto para mí: un fondo amplio era la oportunidad de tener una parrilla. Era un sueño.

Cuando visitamos la cocina y el dormitorio, ambos con ventanas que daban al fondo de la casa, lo vimos. El terreno era grande, sí, de hecho desde dónde lo veíamos no llegábamos a divisar el final de lo que sería nuestro espacio. Estaba sí muy descuidado, con muchas plantas y el pasto muy crecidos, por lo que necesitaría, apenas nos mudáramos, dedicarle mucho trabajo. Y en el medio, el árbol. Dominando la vista del terreno desde ambas ventanas. El árbol arquetipo de las películas de terror. Tronco grueso, muchas ramas muertas saliendo de él que se ramificaban en muchas más ramas muertas, de manera que parecían una siniestra cabellera brotando violentamente de ese tronco gris y seco. Con unas pocas hojas colgando de algunos mechones. Muertas.

No salimos al fondo, el pasto y las plantas complicaban visitarlo y, además, ya lo habíamos visto desde la ventana. Yo estaba bastante contento con la casa en sí, y mi novia había empezado a sugerirme cosas con las que decorar algunos ambientes, por lo que supuse que esa casa sería nuestro siguiente hogar. Nos despedimos del agente inmobiliario y nos fuimos a casa. Mientras cenábamos charlamos acerca de las cosas que necesitábamos para la nueva casa, la mudanza, y todo eso.

Al día siguiente, estando en mi trabajo, le comenté a una compañera que habíamos visto una casa para mudarnos, y le dije dónde era. Nosotros compartíamos muchas horas de trabajo, así que me dijo, contenta, que la casa que habíamos visto era muy cerca de la suya, de hecho a dos cuadras, y que cuando nos mudáramos a esa casa podríamos ir juntos al trabajo, que ella me pasaba a buscar por la casa en su auto porque le quedaba de camino.

Llegué a casa a contarle eso a mi novia. Ella tiene, tengo que decirlo, una percepción de cosas que yo no tengo. Yo, con mi cara de contento.

– ¿Viste la casa que vimos ayer?
– Sí. No quiero que nos mudemos ahí. Esa casa tiene algo raro, y me da miedo. No sé qué es, pero me da miedo. Yo ahí no voy a vivir.

Yo me sentí, no puedo negarlo, un poco desilusionado. Me gustaban la casa, el fondo y hasta el árbol. Y la oficina, y la posibilidad de tener una parrilla. Pero su negativa era innegociable y, sí, en sus ojos había miedo. Así que no.

Unos días después volví a compartir horas de trabajo con mi compañera, la que vivía cerca de esa casa. Le conté que si bien a mí la casa me había encantado, mi novia había percibido algo raro en ella y que habíamos decidido no mudarnos a ella. Una lástima, dije yo.

– Igual quiero decirte algo. Ahora que lo pienso, esa casa está en alquiler hace años. Y, de los que la han alquilado, nadie se queda más de dos meses ahí.

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