Alguien apoya la mano en su espalda y hace que apure el paso. En segundos deja atrás el portón de hierro y por primera vez en mucho tiempo tiene una vista despejada frente a sus ojos. Atrás quedaban dos años de encierro que lo llevaron al peor de los mundos por cometer un delito o, mejor señalado, varios y graves crímenes, solo que en el último cayó.

Esos primeros pasos hacia la libertad no significaban alivio y esperanza. Probablemente sus viejos compinches lo estaban esperando, unos quizás para abrazarlo y devolverle su puesto en la organización. Otros para cobrarse revancha por la pérdida económica que supuso su error al ser atrapado. Y muy pocos para darle una oportunidad de reinsertarse socialmente y encaminar una vida honesta.

Con su mochila al hombro y los 50 dólares que le proporcionó el Comité del Liberado emprendió su camino hacia la nada misma, ya que no tenía un lugar específico a donde ir; sus familiares se habían alejado hacía muchos años después de frustrados intentos por hacerlo recapacitar.

La única opción era volver a la casa que usaban como refugio sus viejos compañeros y ver qué quedaba de aquello que dos años atrás era una organización delictiva en crecimiento.

Cuando se acercó a 15 metros enseguida reconoció aquellas paredes grises, con un gran ventanal obstruido para evitar que alguien pudiera observar al interior. Estaba todo igual. Era el mismo sitio donde en la mejor época planificaban su accionar y repartían las ganancias.

Entonces, probó usar la comunicación en clave que tenían antes del episodio que lo llevaría a la cárcel. Dos golpes secos y fuertes sobre la gruesa puerta de madera bastante carcomida por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento.

Al cabo de unos segundos repitió la acción, pero desde adentro nadie respondió.

Decepcionado, siguió su camino hacia lo de una vieja amiga que también estuvo en el mundo delictivo y que siempre le dijo que lo esperaría si caía en prisión, porque sentía algo más que una amistad por él. Esta vez el destino jugó a su favor. Pudo hallar un lugar donde quedarse momentáneamente y ponerse al día con la situación de ese mundo exterior con el cual perdió contacto. Especialmente, con el oscuro submundo delincuencial con el que estaba vinculado.

Su amiga, tan antisocial y decepcionada como siempre, le contó que nada quedaba de la banda que habían formado, porque dos de ellos cumplían largas condenas en otra ciudad y un grupo enemigo se apoderó del territorio. Solo pasaron unos minutos antes de que Manuel compartiera con su amiga lo que pasaba por su mente. Sin dinero ni oportunidades la primera opción era volver a delinquir. Era lo que más sabía hacer y ahora estaba mejor preparado, por las enseñanzas que recibió durante el encierro. Pero, tendría competencia por el territorio y eso no es bueno estando solo. Por lo que el paso siguiente era reclutar a jóvenes vulnerables y eso no sería un problema en ese lugar.

En dos meses Manuel ya había dado dos golpes certeros y se hizo de un capital para vivir un tiempo y organizarse. Poco después ya había conformado una banda que se dedicaba a la venta de droga al menudeo, robos y extorsión a comerciantes.

En menos de lo que pensó recobró la sensación de poder y proyectó otros planes más ambiciosos, eso sin sospechar que el infierno lo estaba acechando.

Miembros de la banda rival que tenía el lugar bajo su dominio tomaron conocimiento de la vuelta de Manuel y de sus movimientos.

En una redada sorpresiva al caer la tarde, cuatro policías rodearon la casa donde vivía con la que ahora era su pareja. Estaban acostados cuando sintieron el estruendo de la caída de la puerta a golpes. Manuel tomó la Bersa 22 que tenía siempre a mano con el cargador completo con diez municiones. El que posee un arma calibre 22 es porque tiene buena técnica para disparar, lo saben todos en el mundo criminal. No había otra idea que resistirse, no quería caer de nuevo preso. Su amiga y pareja intentó huir por una ventana lateral de la casa, pero fue atrapada. Él alcanzó a disparar seis veces, pero estaba en clara inferioridad y pasó lo predecible. Los agentes lo acorralaron a tiros y se desplomó sin resistencia. Final de una historia más de violencia descontrolada.

La paradoja del destino quiso que el último disparo saliera del arma de Olmes, un policía que había compartido la niñez con Manuel. Fueron grandes amigos, pero en la adolescencia tomaron caminos muy distintos. La secuencia podría ser una casualidad, parte de un fenómeno social que trasciende el hecho policial.

No era difícil prever cómo terminaría Manuel tras su raid delictivo. Él mismo sabía que algún día podía perder. Esta vez perdió y fue el final.

Habían pasado 8 años desde que incursionó en el hampa, hasta hacerse conocido, mientras que, hasta donde se sabía, Olmes era un correcto policía.

Sin embargo, la ironía consiste en que Manuel fue abatido por su amigo de la niñez, un agente corrupto que se asoció con los narcos por dinero fácil y ese día estaba actuando en defensa de sus intereses y no por hacer cumplir la ley.

¿Cuál de las historias podría ser la más admitida? ¿La de Manuel, que tomó el camino del delito y actuó siempre bajo esos códigos? ¿O la de Olmes que, vestido de policía, terminó matando a su viejo amigo para dar protección a los negocios de un narco?

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