Maravilla negra

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Fue uno de los mejores jugadores de fútbol del siglo XX, pero no solo desplegó su elegancia en el campo de juego. París se rindió a sus pies por su carisma y su bohemia.

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Se cumplen 100 años de los Juegos Olímpicos de París (4 de mayo a 27 de julio de 1924), un evento que, según cuenta la historia, debió haberse desarrollado en Amsterdam, Holanda, pero la enorme influencia política que por entonces ejercía el barón Pierre De Coubertin fue clave para que se celebraran en París.

Esos JJOO fueron muy significativos para la comunidad negra de la época, ya que dos de sus exponentes lograron un destaque extraordinario en la cita.

Uno de ellos fue el estadounidense William DeHart Hubbard, quien ganó el salto de longitud y se convirtió en el primer atleta de raza negra en conseguir una medalla de oro en forma individual.

El otro fue José Leandro Andrade, futbolista uruguayo que ganó la medalla de oro con su selección tras vencer a Suiza 3 a 0 en la final. Sobre este verdadero personaje refiere esta anécdota.

La presencia de Andrade en Francia no pasó desapercibida. Para nada.

Es que al futbolista nacido en la localidad de Salto, a 500 kilómetros de Montevideo, no solamente le gustaba el fútbol sino que varios relatos de la época lo retrataban como un gran bailarín que frecuentaba las tanguerías de Montevideo. Algunos llegaron a firmar que Leandro Andrade llevó el tango a París incluso antes de que lo hiciera Carlos Gardel hacia fines de la década del 20 del siglo pasado.

Leandro Andrade tenía unas cualidades innatas para el fútbol, una destreza sin igual. Pero también era un bohemio empedernido y su estampa se dejó ver en las noches parisinas mientras se desarrollaba la competencia.
El 26 de mayo de 1924 Uruguay enfrentaba a Yugoslavia por la fase de grupos, partido en el que los sudamericanos partían como claros favoritos. Y así fue, ya que el match terminó con una goleada por 7 a 0 a favor de la Celeste.

Sin embargo, el día empezó con una honda preocupación por parte de la delegación uruguaya, en especial de su cuerpo técnico. ¿El motivo? Una de sus estrellas, Leandro Andrade, no había retornado a la concentración luego de haber pedido autorización la noche previa para dar un paseo por el centro de París.

Cuando el director técnico comentó lo sucedido a un grupo de futbolistas, uno de ellos, Alfredo Ángel Romano, más conocido como el Loco Romano, se anticipó a cualquier comentario y aseguró: «Déjeme a mí, creo que sé dónde está» y salió raudamente hacia la calle en la búsqueda de Andrade. Al parecer, por seguridad su compañero le había dado un papel con la dirección donde se hallaría, por si acaso ocurriese un contratiempo que le impidiese regresar a la concentración.

Cuando Romano llegó a la dirección que le había dado su amigo creyó que se había equivocado, por el lujo del lugar que daba la impresión de ser exclusivo.

Varios testimonios aseguran que el Loco Romano fue atendido por una recepcionista, que lo miró con cierta desconfianza por su aspecto desalineado y la tosquedad para comunicarse.

De alguna forma el Loco logró hacerse entender y repitió que iba en busca de Andrade. La anfitriona lo miró, sorprendida, y le pidió que lo acompañara hacia donde se encontraba “Monsieur Andradé”. A cada paso el Loco quedaba más sorprendido por la suntuosidad del lugar, algo nunca visto en su Villa Dolores natal, patio trasero del barrio de los Pocitos de la capital montevideana en aquel entonces. Pero no le llamaba la atención que su compañero de equipo estuviese allí, porque sabía de sus destrezas afuera del campo de juego y la capacidad para camuflarse en sitios encumbrados.

Al final de un largo pasillo alfombrado con exquisitos cuadros a sus laterales, el recién llegado quedó perplejo ante la imagen que se ofrecía ante sus ojos. Era el mismísimo Leandro Andrade, a poco menos de 6 horas de jugar un encuentro por los Juegos Olímpicos, pero en lugar de su indumentaria deportiva lucía una bata de seda negra y en vez de sus compañeros de equipo se hallaba rodeado de bellas francesas con escasa ropa. No había tiempo para preguntas y en cuestión de minutos el escurridizo lateral estaba de pie con su traje impecable, como si no lo hubiese usado la noche anterior.

De regreso a la concentración, Andrade contó que durante la noche conoció a una condesa que quedó maravillada con su estilo, y que luego de varios tragos lo invitó a su residencia junto a un grupo de amigas, algo a lo que él no podía resistirse. Además, porque la casa se hallaba en la parte superior del local, todo propiedad de la condesa.

Algunas crónicas de la época dicen que fue tal el enamoramiento de esta adinerada francesa que, poco después de finalizado el evento deportivo, viajó a Montevideo para llevarse a Andrade, pero este no aceptó la propuesta porque estaba muy enamorado de una chica de Palermo, su barrio montevideano.

Para ese entonces, la prensa deportiva francesa lo había apodado “la merveille noir” y las publicaciones de la farándula especulaban con que el reciente campeón olímpico recalaría en algún equipo parisino, no por ambiciones deportivas sino atraído por las noches de burdel.

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