La redacción

Policial 2021 Anubis

Si lo publica la prensa seguro que es verdad: un buen axioma para el comienzo del plan.

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Las personas de cierta edad se aferran a sus tradiciones sin cuestionarse demasiado. Las cosas son de determinada manera porque siempre ocurrieron así. Y punto.

La prensa escrita (en sus orígenes prensa a secas, porque no había otra calificación para definir a las letras entintadas sobre papel de diario) gozó del más alto prestigio durante todo el siglo XX. Los diarios eran una referencia ineludible para todo aquel que quisiera participar de una discusión con fundamentos. Con variantes, la premisa siempre ha sido la misma: informar, persuadir, formar opinión y entretener.

Con el advenimiento de las redes sociales hacia fines del siglo pasado las cosas empezaron a cambiar drásticamente. La aparición de Sixdegrees, la primera red social ampliamente utilizada, sacudió al mundo por la novedad. Después, historia conocida.

Para muchas familias no existía el desayuno sin el diario en la mesa. Y lo que en él se estampara no solamente pasaba a ser incuestionable sino que el lector lo incorporaba como opinión propia. Tal era la fuerza de los periódicos. Mi madre era una de esas personas que rendían culto a los diarios, o mejor dicho al diario que recibíamos todos los días en mi casa.

No existían eventos más importantes en la sociedad que los que se incluían en esas 20 páginas. Esa fiel costumbre terminó siendo insoportable cuando empecé a crecer y a descubrir que había otras fuentes de información igual o más confiables.

A esta altura tendría que aclarar que esta anécdota tiene unos 50 años y que en el pueblo donde vivíamos había solo un periódico, con alta dependencia de los medios de circulación nacional cuando se trataba de noticias verdaderamente trascendentes. No era como hoy que Internet nos informa al instante (aunque también es cierto que nunca hubo tanta tecnología para diseminar noticias falsas), en aquella época el diario del pueblo era una referencia para la comunidad.

Mi madre, fiel representante de esa generación

Recuerdo que mi madre nos obligaba a leer el periódico desde pequeños a mi hermana y a mí. Era tedioso y encima no entendíamos casi nada. Para colmo, luego hacía un repaso de los temas, casi como tomándonos lección de lo aprendido en las –para nosotros – aburridas crónicas del momento.

Mi madre casi siempre discutía con mi padre cuando él regresaba a casa después del trabajo y le contaba algo que no había sido publicado en el diario. «Veremos si es cierto, mañana tendría que estar en el periódico», repetía una y mil veces.

Un día, el principal titular del tabloide decía que uno de los principales bancos de Europa podría ir a la quiebra y en el desarrollo de la noticia explicaba que no recuerdo qué fenómeno había producido su debacle. Mi madre llamó desesperada al trabajo de mi padre, porque supuestamente había que actuar con rapidez, ya que todos nuestros ahorros estaban en la sucursal local de esa institución.

Mi padre era uno de los mejores amigos del gerente del banco y siempre le ofrecía información confiable, era imposible que no le haya avisado de algo tan importante para su economía. Por eso le advirtió a mi madre que eso no podía ser cierto. Pero… salió en la prensa y con eso era más que suficiente para mi querida madre, que era tan afable como terca.

Logró convencerlo de ir hasta el banco a retirar el dinero. Mi padre tenía la certeza de que una buena explicación de su amigo gerente tranquilizaría la situación y todo volvería a la normalidad. Nada más lejos. Mi padre me contó después que se sintió muy incómodo, porque el gerente desmintió tajantemente la noticia y ofreció información precisa de las fortalezas del banco. Pero ya era tarde, mi madre quería el dinero convencida de lo que salió en el periódico.

El problema no era salir de allí con una bolsa de dólares, sino que perdía hasta el 15% del capital por romper el contrato de depósito que vencería en dos años. Es decir que perdía todos los intereses generados, los proyectados en 24 meses, además de pagar una multa por retiro anticipado. Pésimo negocio. Mi padre contempló incrédulo esa situación, pero aceptó la decisión de mi madre (si era verdad lo publicado no tendría forma de remediarlo frente a ella).

La información resultó ser una mentira. A la mañana siguiente el mismo periódico en el gran titular se encargó de desmentir su propia información. La empresa que estaba en problemas era una subsidiaria de ese banco que se dedicaba a otros negocios. Pero el afán por informar algo estruendoso llevó al medio a cometer un grave error (luego fue el propio periódico el que terminó en la quiebra).

Mi madre se dirigió con furia a la redacción del diario, insultó a todo el que intentó calmarla, hasta que llegó a la oficina del editor jefe. De antemano sabía que ninguna explicación desactivaría su rabieta, pero su indignación escaló al escuchar la respuesta de boca del avezado periodista a quien hasta ese momento le tenía un respeto casi reverencial por sus columnas de opinión.

«Disculpe, señora. Todo fue culpa del reportero de economía que interpretó mal un cable noticioso que llegó desde Londres, y además le agregó cosas que salieron de su imaginación. Ya fue despedido».

Desde ese momento nunca más vi un periódico en mi casa. Después de superado el traumático suceso (por haber perdido cerca de 20 mil dólares en intereses), la anécdota pasó a ser motivo de bromas dirigidas a mi madre. Felizmente la familia siguió unida y al poco tiempo mi padre compró una caravana para ir de paseo, cumpliendo un deseo que tenía desde que se casó con mi madre. Ingeniosamente mi padre la bautizó «La Redacción» (así se llamaba el periódico), para que nunca pudiéramos olvidarnos de aquel suceso.

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