La lima de mis barrotes
...y me dijo que eso era lo que veía desde la cárcel. Sin los barrotes, por supuesto.
...y me dijo que eso era lo que veía desde la cárcel. Sin los barrotes, por supuesto.
Yo miraba esa pintura por enésima vez. Tenía doce años, creo. Eran varias colgadas en el comedor de la casa de la abuela. Pero las otras no tenían gracia. Eran caras de personas u otras cosas a las que yo podía darles un significado. Pero a esta no. Pasto, un cielo oscuro estrellado. Y nada más. Le pregunté, una vez más, a mi abuela, si de verdad la había pintado el tío. Sí. La miré con ojos grandes como volviendo a preguntar. No podía creer que el tío hubiera sido pintor.
Cuando tenía dieciséis años la profe de Historia nos hizo rascar en nuestros familiares por cuentos acerca del día en el que comenzó la dictadura. A mí eso no me importaba, era del tiempo de los dinosaurios. Igual pregunté. A mi madre y a solas. Sabía bien que a mi padre le molestaba todo eso, y se enojaba y decía que acá no tuvimos dictadura, sino dictablanda, y hablaba con desprecio por horas de los tupas y los comunoides. Yo no sabía ni quería saber que eran unos ni otros. Me aburría el tema. No tengo idea de qué me dijo mi madre al respecto, pero sí recuerdo que no participé en la clase de Historia. Porque era tímido de pendejo, nada más.
Otra vez miraba la misma pintura, pero esta vez estaba el tío. No necesitó que le preguntara, me miró con su cara de adolescente y me dijo que eso era lo que veía desde la cárcel. Sin los barrotes, por supuesto. Así, suelto de lengua, a mí, que pensaba que cualquiera que hubiera estado preso era de temerle. Pero bueno, era el tío. Le contesté con una risita estúpida y, confieso, no me animé a preguntar. Moría de la curiosidad.
Tengo una hermana que es yo si yo fuese una mujer que me sacó todas las dudas. Ella es directa, sí, pero mezcla su frontalidad con su dulzura y risas en medio de su discurso. En algún momento entre mis diecisiete y el momento en el que dejé de ser idealista, me lo contó. Ustedes ya lo saben, preso en la dictadura, las cosas que implica. No necesito ser explícito. Había detalles, me contó mi hermana, que él no había querido decírselos a nadie nunca. Evitaba en cierta forma hablar del tema, si bien decía que había estado en la cárcel hasta con cierto dejo de orgullo y le encantaba relatar, y me lo relató a mí en varias ocasiones, su primer día de libertad. La rambla, el auto, la salida a cenar.
Cuando vine a vivir a Montevideo, con dieciocho años, empecé a frecuentarlo. Había muerto su esposa, a quien yo había visto en una sola ocasión, y comencé a dimensionar a este hombre. Ochenta años, alto, flaco, ágil, sin una cana. Me invitaba a tomar cerveza escuchando a la Bersuit, a comer unos guisos monstruosos que él mismo cocinaba. Vivía una quincena en Montevideo y la restante en Salto, así que me prestaba la casa para que yo pudiera organizar fiestas. Visitaba a mi abuela y a su entonces novia treinta años menor. Me recomendaba buena literatura, buena música, lugares cool para meter noche en Montevideo.
Hablábamos de los cangrejos la mayor parte del tiempo, y nos cagábamos de la risa. Que había dejado de tomar mate porque casi nunca les daban agua caliente, que pedían grasa para hacer chicharrones porque venía envuelta en diarios, y que habían hecho una guitarra fue lo único que me contó de sus tiempos de presidiario, además de relatarme su primer día de libertad en infinidad de ocasiones.
Ese año fue catastrófico. 2011. Mi madre enferma terminal por un error médico grosero, yo recién recibido de médico recibiendo mi condena al ostracismo en lo profesional por haberles dicho que se habían equivocado. Me cuentan que el tío, con sus casi noventa años entonces y que seguía llevando la misma vida, se había hecho una ecografía abdominal. Tumor renal. Me acordé, cuando me contaron, de una charla que tuvimos mi abuela, él y yo acerca de la hipertensión arterial. Mi abuela cree que tiene todas las enfermedades, él se creía irrompible. Yo, como estudiante de Medicina hablaba de epidemiología, él se reía y me decía que la presión de las personas subía con la edad, menos la de él. Mala tos le sentí al gato.
Una semana. Dos de la mañana, suena mi teléfono. Presintiendo, atendí. Había muerto el tío. Hecho el diagnóstico, se encerró en su dormitorio y no volvió a salir.
Tuve que razonar esta muerte, tarea delicada, cuando estaba intentando negar otra. Lo pude hablar con varios familiares, sin embargo, y estuvimos de acuerdo en algo. Tenía casi noventa años pero lo veíamos como un joven rebelde. Lo comprendimos así, y supimos que por nuestra manera de interpretarlo su muerte fue tan sorprendente para todos nosotros.
Siendo siempre un evento triste, han pasado los años y recuerdo esa muerte a la distancia. La vida le devolvió esos años. Y él se fue chiquilín. Sin comas.