Estaba a minutos de ser recibida por la persona que daría impulso definitivo a mis sueños. Aunque no dependo de él, ni de casi nadie, salvo de los miles de clientes que compran mis productos. Y si dejasen de hacerlo tampoco entraría en pánico, porque mi destino fue mucho más afortunado que el de Emi, mi amiga de la infancia que murió siendo adolescente por una enfermedad normalmente curable… salvo en mi pobre zona rural de Guatemala, donde –razono hoy– no sabían que existíamos o cuántos éramos porque hasta allí no llegaban los médicos y mucho menos los censistas.
Esos quince minutos en el lobby del lujoso hotel se transformaron en un viaje explosivo por 35 duros años que me traerían hasta allí, sentada cómodamente, asistida con la cordialidad que no pude imaginar cuando era pequeña, porque simplemente no podíamos soñar el futuro.
Recién a los 13 años conocí un baño completo, con todos los accesorios para que sea eso, un baño. Fue gracias a que un pastor evangélico que recorría las zonas más pobres de mi país (uno de los más desiguales del mundo), le dijo a mi madre que veía que yo podría salir de ese esquema de miseria y que él conocía a unas personas en Palencia, muy cerca de Ciudad de Guatemala, la capital, donde se desarrollaba un centro financiado por un altruista portugués para jóvenes que nacieron en la pobreza y tenían casi nulas posibilidades de superación.
Esa decisión, una de las más difíciles para mí, mi madre y mis dos pequeños hermanos, generó muchos traumas, pero me trajeron hasta aquí, donde en pocos minutos voy a verme cara a cara con un acaudalado empresario que se interesó en mi negocio.
No hubiese tenido la más mínima oportunidad en mi pueblo natal. Ninguna.
Todos los rostros que conozco de mi infancia son de tristeza. Los de los adultos, incluyendo a mi madre, pero también a los de los niños, Hoy entiendo que apenas sobrevivíamos y que soy la única que tuvo una única opción mejor. Y así fue.
Pero poco después sentí que el destino estaba ensañado en profundizar mis heridas. No solo perdí contacto con mi familia, sino que a los meses el religioso que me consiguió refugio me informó que mis hermanos murieron al poco tiempo que me fui por un dengue hemorrágico que diezmó la población. Yo tenía apenas 13 años y mucho dolor acumulado.
Después de eso no sentía ganas de seguir, no tenía reservas anímicas para sobreponerme y pensar en la mañana siguiente.
Hasta que una vez más alguien apareció en mi camino para impedir que me cayera definitivamente. Se llamaba Olmos (no sé si vive aún). ¡Cómo olvidarlo!
Llegó en representación del misterioso y adinerado hombre que financiaba el proyecto y contó que estaba interesado en reclutar a los mejores alumnos de sus centros (no solo desarrollaban la experiencia en Guatemala, sino en otros países de América) para ofrecerles una oportunidad en el programa estrella que estaba ubicado en la capital de Guatemala.
Tenía dos años en «la casona de orejuela», como le llamábamos graciosamente con los otros jóvenes que vivíamos allí, porque el Sr. Pedro que era el encargado del lugar tenía las orejas hacia afuera como las asas de la vasija de barro donde cocinaba. Él nunca se enteró, por supuesto, aunque la Sra. Alicia, que también trabajaba allí, era cómplice de nuestra inocente burla.
La verdad es que no quería ir a ninguna parte. En ese lugar nos daban comida, una cama, la atención médica que nunca tuve, contención y algo que en mi niñez no imaginé que existiera: una computadora. Además, ya tenía buenos vínculos con Andreia y Silver, dos compañeros del internado que al igual que yo sabían lo que era sufrir desde el primer día.
Pero la certeza con la que me transmitió el mensaje Olmos me dejó sin alternativa. «¡Este es tu futuro, ve tras él!», dijo, confiado en unas condiciones personales que yo no valoraba o no creía poseer. Entonces acepté. Tenía tres días para despedirme de mis compañeros, porque un miércoles –nunca lo olvidaré– pasaría un bus por mí para llevarme hasta la capital, donde funcionaba un instituto de jóvenes talentos del mismo programa. ¿Jóvenes talentos? No sabía que tendría alguno, pero allí estaba, esperando la primera charla con un profesor.
Estaba a poco de cumplir 16 años y creo que este fue un quiebre definitivo en mi vida.
Comencé a soñar que sería empresaria, que vendería muchos productos confeccionados por mí y que tendría un equipo de colaboradores, conformando una empresa exitosa.
Fue por eso por lo que pedí para asistir al taller de manualidades, creo que ese fue el talento que notaron en mí, porque le ofrendé un banco al Sr. Pedro hecho con cañas de un monte cercano a la residencia. Lo aprendí con mi madre, que sí tenía talento y paciencia para fabricar lo que fuere con base a cañas de bambú, materia prima que abundaba en mi pueblo natal.
Con la ayuda de los maestros del proyecto fui aprendiendo y mejorando la técnica, hasta que un día logré realizar una reposera tan cómoda y versátil por su peso que resultó un atractivo para el coordinador del programa, quien sorprendido entendió que allí nacía una oportunidad de negocio. Fue en ese momento que definitivamente cobré alas para llegar tan lejos como quisiera. Resolvieron financiar y patentar mi invento sin nada a cambio, solo por completar su ayuda. Salvar vidas, ese era el único fin del generoso hombre, que falleció hace un tiempo y que lamentablemente no pude conocer.
Para resumir, después de 19 años en el negocio estamos en las casas más lujosas de mi país y estoy por entrar a una reunión con uno de los mayores empresarios para crear una red de distribución de mis productos en toda Centroamérica.
Fabricamos muebles de bambú, similar al junco con el que estaba construida la casa de mi infancia, salvo que aquella estructura sabía a escasez y precariedad y lo que yo ofrezco a mis clientes remite al lujo y la abundancia. ¡Qué amarga ironía!
Ni la nutrición insuficiente de los primeros años, ni las penurias de mi familia, el dolor de la pérdida de mis hermanos y el desarraigo constante, impidieron que mis sueños se realizaran. Lamento que mi madre no lo haya podido ver.
De todo esto rescato que a veces no hay adversidad que impida sobrevivir, triunfar y torcer el destino. Hasta llegar a lo infinito.