Identidad para sobrevivir
Un pasado trágico, una decisión y un futuro aterrador.
Un pasado trágico, una decisión y un futuro aterrador.
Me levanto temprano y salgo a caminar. Es lo único que alivia mi dolor de cabeza. Cada noche se hace eterna, no logro descansar. Hace meses perdí mi vida, todo lo que construí durante 48 años.
No quiero morir, me aterra pensarlo. Pero tampoco sobrevivir entre extraños analizando cada movimiento como si fuese el último.
Cuando nos distanciamos con Ana no imaginé que entraría en un espiral de violencia sin control. Me equivoqué, fue mi error, pero no podía sospechar que esa decisión marcaría mis días para siempre. No puedo entender cómo de un momento a otro me vi envuelto en un caso de este tipo. Siempre intenté llevar una vida normal.
También pienso que si le hubiese dado la espalda a Ana me arrepentiría por siempre. Ella no actuó bien conmigo, pero la amaba y estaba dispuesto a ayudarla a pesar de su traición. Estoy seguro que cayó en una trampa, ella no era así. Pero, sin quererlo, también me arrastró a mí. Y aquí estoy, sin saber qué hacer mientras recorro una calle oscura de un remoto pueblo de Brasil.
Un paquete y un error
Ana me llamó esa mañana y la noté asustada. Su voz entrecortada la delató de inmediato. La conozco muy bien, fueron cuatro años juntos y planeábamos casarnos. Hasta ese día que la vi en el auto de un extraño y antes de bajarse se besaron apasionadamente. Fueron los peores segundos para mí, nunca pude dejar atrás ese momento. Sus explicaciones fueron en vano: la sedujo un hombre que frecuentaba su trabajo y ella claudicó a nuestro pacto de amor.
Por semanas no quise saber nada de ella, hasta que un día me esperó a la salida de mi oficina y acepté conversar. Lo habitual, me explicó que fue un error, que estaba arrepentida y que esa aventura había terminado. O al menos eso pensaba, hasta que las circunstancias cambiaron.
Esa mañana quería verme. Yo no tenía motivos para ese encuentro, pero su voz me preocupó. Entonces fui hasta su apartamento. Todo pasó en menos de una hora.
De pronto me dirigía a la casa de una persona a entregarle ese paquete que me dio Ana. Me prometió que haciendo eso dejaría atrás por completo el vínculo con su amante.
Cuando estaba cerca de la dirección que me dio me interceptó un patrullero. Me empujaron a la parte de atrás del vehículo y salimos disparados del lugar. En cuestión de minutos me encontraba en un destacamento policial, solo, en una habitación blanca, fría y hermética. Sabía que algo andaba mal, muy mal.
Un oficial abrió la puerta y me miró, sereno, sabiendo que yo no era ningún pez gordo. Todo lo contrario, él estaba ahí para decirme cuán estúpido había sido por hacerle caso a mi ex Ana.
Estaba muy nervioso, temblaba. Pero el hablar pausado de ese policía me fue tranquilizando. Sobre todo porque nunca me incriminó. Como si supiese todo y me contaba algo de lo cual yo, sin quererlo, terminé siendo protagonista.
Andaban atrás de los pasos de Ana, tenían su teléfono intervenido. Por eso sabían todo, incluso mis movimientos.
Ana se involucró con un narcotraficante. Entró repentinamente en su mundo y terminó siendo parte del negocio. Estoy seguro que pensaba renunciar, la conozco y sé que ese no es su mundo. Pero algo salió mal y necesitaba hacer algo más para desligarse de ese tipo.
En su casa había 6 kilos de cocaína, ese era el paquete que yo cargaba cuando me detuvieron. ¡Mierda! Me propuse decir todo lo que sabía, incluso aquello que pudiera comprometer a Ana. Ya nos se trataba de un engaño amoroso, puso en riesgo mi propia vida.
Me explicaron que quedaría detenido por unas horas, pero que no habría cargos sobre mí porque colaboré y no tenían ningún indicio de mi participación en algo extraño. Y que, además, me ofrecerían custodia por unos días, hasta que las cosas se calmaran. Se suponía que tenían todo para resolver el caso. Pero una vez más la situación se descontroló.
Ante mi demora, el narco fue hasta la casa de Ana pensando que ella no quería devolverle la droga. Fueron sus últimos momentos con vida. Cuando la Policía llegó a su casa se encontró con la brutal escena. Mi ex ya no podría atestiguar. La casa estaba totalmente desordenada, porque buscaron en cada rincón el codiciado paquete.
Cuando concluían las primeras pesquisas, uno de los investigadores notó que faltaba el celular de Ana. Y antes de que volvieran a la estación para explicarme lo sucedido, ya tenía un mensaje aterrador en mi celular: «Devuelve la droga o eres hombre muerto. No hay forma de escapar de nosotros».
Era sencillo asociar esa amenaza con todo lo sucedido, porque tuvieron acceso a mis últimos contactos con Ana, hasta el momento que le informaba que salía para su casa. Ahora sí me encontraba en una situación dramática.
Pasé un mes y medio con custodia policial las 24 horas. Todo el tiempo estaba pendiente de que alguien me atacara a balazos, no estaba seguro. Mi vida había cambiado dramáticamente, ni mi número telefónico conservaba.
Y lo que tanto temía empezó a ocurrir. Primero atentaron contra una compañera de mi oficina, la maniataron, la golpearon y le dejaron una nota exigiendo algo que yo no tenía. Otra noche descargaron una ráfaga de proyectiles sobre mi casa, sin que nada pudiera hacer el policía que cubría el turno más que arrojarse para evitar ser alcanzado por las balas.
En ese momento me sentí totalmente vulnerable.
Entonces pedí para hablar con el encargado de la investigación para pedirle que hicieran algo, que tenía que recuperar mi vida.
Él entendió mi pedido y me respondió que la única alternativa era que atestiguara en contra de esta persona. Ellos habían reunido pruebas, pero necesitaba alguien que lo incriminara directamente para que un tribunal pudiese condenarlo.
Lo pensé muchas veces. Muchas. Y al final acepté, porque ya no podía seguir así, encerrado y con miedo.
Yo conocía su aspecto físico, porque lo seguí un día, mientras intentaba descifrar quién era el hombre que salía con mi prometida. Incluso le tomé fotografías.
Cuando la Policía me mostró su rostro no dudé en confirmar que era él.
Participé de la causa como testigo protegido, pero eso sirvió de poco. Él (o ellos) sabía quién era, conocía mi nombre, tenía mi dirección. Lo único que no sabía era que yo no tenía su droga y que la Policía estaba tras sus pasos.
A pesar de todo, junté coraje y decidí atestiguar en su contra, dando detalles de lo sucedido. Todo eso sirvió para que le dieran una condena a perpetuidad por el asesinato de Ana, más 10 años por posesión y tráfico de drogas.
En ese momento empezó una nueva pesadilla para mí.
Lejos de la calma
Intenté reiniciar mi vida de manera normal, con mi rutina habitual. Pero eso duró apenas tres días.
Una tarde, al salir de mi trabajo luego de una larga jornada, invité a mi compañera y amiga Yenni a comer una pizza. Solíamos hacer eso antes de mis días de tormento; ella me cobijó durante ese difícil momento que fue la separación con Ana. También quería conversar con ella para que supiera lo que realmente había ocurrido, era importante para mí que alguien de mi trabajo supiera toda la historia, porque tenía la sospecha de que alguien pudiera recrear lo sucedido con malas intenciones, adjudicándome alguna responsabilidad que definitivamente no tuve.
Al cabo de unos minutos de charla, Yenni me miró asustada y me susurró que alguien nos estaba observando. Esperé unos segundos y cuando me volteo disimuladamente esa persona ya no estaba. Por instinto aprendí a permanecer alerta y recordé enseguida cuando el investigador me dijo que ante la menor sospecha lo llamara. Fue lo que hice. Me respondió que no me moviera de ese lugar y que permaneciera con mi amiga.
A los pocos minutos llegaron dos policías y me dijeron que nos acompañarían.
La dejamos en su casa, con la precaución de que nadie nos estuviera siguiendo, y seguimos hacia la mía. El pánico había llegado a mi lugar más íntimo. Me había mudado, en el marco del acuerdo del caso, pero averiguaron mi nueva morada y allí estaban las maderas ardiendo con ferocidad.
En ese momento pensé que jamás volvería la paz a mi vida.
Otra noche en una estación de policía, huyendo del mundo narco.
Otra identidad, otra persona
Al día siguiente, mi abogado llegó con la propuesta que menos esperaba. Me informó que el narco que ayudé a ser sentenciado de por vida era parte de una organización importante y que él no era uno más. Entonces, me encontraba en serio riesgo. La propuesta de la justicia, a solicitud de la Policía, era otorgarme una nueva identidad y dinero suficiente para reiniciar mi vida en otro lugar, si fuese mejor en otro país. Al principio no lo podía creer. Dejar todo atrás por algo que no hice sonaba absurdo. Pero mi abogado me dijo que no se trataba de la verdad, sino de lo que los narcos creyeran que había ocurrido. Y todo les cerraba, en su lógica yo me había apropiado de su droga, que tenía un valor de 240 mil dólares en el mercado.
En medio de la confusión razoné que lo principal era salvar mi vida. Entonces acepté. Me explicaron que no tenía que decir a dónde iría, salvo a una sola persona que periódicamente debería reportar al investigador principal durante el primer año.
Decidí que sea yo mismo quien le reportara al oficial del caso desde mi nuevo destino: Brasil. Elegí este país porque podría vivir mucho tiempo con el dinero que me dieron, pero, además, porque estaría a 6 mil kilómetros de distancia de los criminales que querían mi cabeza.
Pasaron 3 meses desde mi llegada. Me adapté bastante bien al rotundo cambio. Pero hace muchas noches que no duermo.
Hace unos días recibí un mensaje en mi celular (el tercer número desde que pasó el incidente) de alguien que dice saber dónde estoy y que ya no les importa la droga sino hacerme pagar por todo el daño.
El investigador del caso no me contesta mis decenas de llamadas, a pesar de que es recibida por su móvil. Tampoco responde los mensajes. Sospecho que él informó mi ubicación a cambio de dinero.
Tengo dudas de volver a mi apartamento, podrían estar allí. Quiero correr el riesgo de ir a recoger mis cosas, las necesito. Sobre todo los 6 kilos de droga que me dio el agente corrupto para que ocultara hasta poder venderla y hacer nuestro negocio.
Estoy desesperado y no sé a quién llamar.