El hilo rojo
Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse.
Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse.
Semana Santa, Semana de Turismo, Semana de los Milagros. Esa semana que finaliza en el domingo de Pascuas, o domingo de Resurrección, en Uruguay, mi país, es más conocida como Semana de Turismo por la separación que hay del Estado y la Iglesia desde hace muchas décadas. El hecho es que, esa semana, miles de turistas, de Uruguay, de Argentina y en los últimos años desde países más alejados, eligen el litoral de Uruguay para descansar allí. Concretamente el polo termal. Ahí, hace muchos años, comienza la historia que quiero contarles hoy.
A mis padres les encantan las termas. Concretamente, las Termas de Daymán, situadas a 10 kilómetros de la ciudad de Salto, en el litoral uruguayo. En mi niñez y mi adolescencia pasábamos siempre la Semana Santa allí. Desde el viernes previo al Viernes Santo hasta el Domingo de Pascuas. Es decir, un poco más de una semana cada vez. Allí coincidíamos, año a año, con otras familias que también eran incondicionales, y por supuesto con chicos locales, por lo que formamos con el tiempo un grupo de amigos que aún conservamos.
Un año en particular se unió a ese grupito Valentina, una chica de nuestra edad que nunca antes había estado en ese lugar. Yo era un adolescente bastante enamoradizo pero, al mismo tiempo, muy tímido. La chica nueva me llamó la atención de inmediato, y tras un par de días de contacto normal con ella yo estaba completamente enamorado. En ese momento fue que interfirió mi timidez. Luego de esos dos días ya no pude hablarle, apenas si conseguía saludarla cuando nos veíamos, y aún estando con todo el grupo me mantenía callado de la vergüenza sabiendo además que era evidente para todos que la chica me gustaba. Y las veces que ella decidía hablarme… me ponía rojo como un tomate.
Laura, una de las chicas del grupo, con la que además coincidíamos hacía casi 10 años y con la que además manteníamos contacto a lo largo del año, por lo que nos conocíamos muy bien, me lo dijo.
– Te gusta Vale, ¿no?
– Sí, me gusta, ¿tanto se me nota?
– Sí, se te nota. Y creo que vos también le gustás, ¿sabés?
Cerca de las Termas de Daymán hay una estancia llamada La Aurora, famosa en Uruguay por supuestos avistamientos de OVNIs en sus cielos, e incluso por supuestos aterrizajes y contactos con extraterrestres. Dentro de esta misma estancia, según creo, se abre un caminito de tierra que lleva a una gruta de piedra que tiene una escultura del Padre Pío de Pietrelcina, un fraile capuchino italiano famoso por ostentar estigmas, por realizar milagros y por tener el poder de practicar la bilocación, es decir, el poder de estar en dos lugares al mismo tiempo, beatificado en 1999 y canonizado en 2002. Según cuenta la historia, o la leyenda, hubo en los años setenta un fenómeno de bilocación de este fraile que lo llevó a estar presente en la estancia La Aurora. Esta sería la razón por la cual los dueños de la estancia decidieron construir la Gruta, y decidieron además hacerla de libre acceso a quienes quieran visitarla. Más allá de la somera información que puedo brindarles sobre esto, porque más no sé, la realidad es que hoy en día miles de personas al año peregrinan a la Gruta del Padre Pío, algo que se puede notar fácilmente por la cantidad de ofrendas que allí se pueden ver. Yo lo sé muy bien porque los padres de Laura son muy creyentes, así como ella, por lo que todos los años elegíamos una noche en la Semana Santa para visitar la Gruta.
Independientemente de lo que uno crea, yo de hecho soy una persona no creyente, el lugar tiene una energía especial. Se siente. Una buena energía, pacífica, que relaja la mente y alegra el corazón. Ese año del que les estoy contando no fue la excepción. Con los padres de Laura, una noche, nos fuimos, caminando, una vez más, hasta la Gruta. Toda la experiencia es espectacular y relajante. Caminar en una noche templada por el medio del campo rodeados de luciérnagas. Abandonar la ruta para internarnos en un caminito de tierra, nosotros y la brisa nocturna. Y la energía que hay allí: normalmente una vez que nos íbamos acercando a la Gruta todos dejábamos de hablar y nos perdíamos en nuestros propios pensamientos. La visita a la Gruta en sí duraba unos pocos minutos. Normalmente los padres de Laura rezaban, dejaban alguna ofrenda, y emprendíamos el regreso, normalmente callados hasta que llegábamos a la ruta. Pero ese año fue diferente.
Yo estaba completamente en paz. En un momento, a poco de haber emprendido el regreso, noté que yo y Valentina habíamos quedado atrás del resto del grupo, que caminábamos juntos, sin apurarnos para no alcanzar a los demás, y que conversábamos como nunca lo habíamos hecho antes. La distancia es relativamente larga, por lo que el tiempo fue suficiente para contarnos muchas cosas sobre nosotros y nuestras vidas y entender que teníamos muchísimo en común.
Al día siguiente Valentina y su familia regresaron a Montevideo. Habíamos tenido, sí, una charla bastante profunda, pero no habíamos intercambiado maneras de contactarnos. En una época en la que Internet no existía eso era casi que el equivalente a perder completamente el contacto. Habría que esperar un año. El año pasó, la siguiente Semana de Turismo coincidimos todos en las Termas de Daymán, menos Valentina. Tengo que confesar que yo estaba completamente desilusionado, realmente había esperado ansiosamente que llegara ese momento para reencontrarnos.
Hace tres años me pasó algo muy extraño. Estaba en la casa de un amigo, a dos días del Viernes Santo, disfrutando de un asado y de un buen vino, cuando de pronto me vino a la cabeza la idea de que tenía que irme, y a pesar de su resistencia, me fui. Tomé un taxi, le di la dirección de mi casa al taxista y, a mitad de camino, le pedí que cambiara el destino, y que me llevara a la estación de buses. Yo no soy una persona impulsiva, ni soy una persona creyente, pero nuevamente me vino una idea a la cabeza. La noche del Viernes Santo yo tenía que ir a la Gruta del Padre Pío, así que me fui así, imprevistamente, sin siquiera equipaje. Me tomé el primer bus a Salto, apenas me subí reservé una casita en alquiler en Termas de Daymán, y me dormí.
La noche del Viernes Santo me puse ropa cómoda, recién comprada porque había viajado simplemente con lo que tenía puesto, y empecé la peregrinación que había hecho tantas veces ya en mi infancia y mi adolescencia. Había sí un poco más de luces en el puente que hay que cruzar para llegar a la ruta, pero por lo demás todo era revivir el pasado. La ruta oscura, la brisa, las luciérnagas y la paz. Llegué a la Gruta tras mi caminata, y vi una cara que creía conocer. Me acerqué, éramos las únicas dos personas que estábamos allí en ese momento, y nos reconocimos al instante una vez que la luz de la luna nos lo permitió. ¡Valentina!
Simplemente, retomamos nuestra última charla. Curiosamente, ella también había viajado impulsivamente a Salto para estar, esa noche, en la Gruta del Padre Pío.