Fue un tanto curioso, sí. Nadie parecía comprender exactamente porqué estaba
sucediendo aquello, pero ese día los pájaros dejaron de volar. Claro, no fue algo que saliera en las noticias ni nada que se le asemeje. Ni siquiera fue algo que atrajera llamativamente la atención de multitudes al unísono. No. Cada uno de nosotros lo fue notando de forma gradual. Subconscientemente en un principio, supongo. Llevándolo poco a poco al terreno de lo consciente. Extrañamente, debo decir que además nadie se animaba a comentar el hecho con otros. Parecía un poco tonto, es comprensible.

Me encontraba cruzando un majestuoso puente sobre un río ancho que separaba dos ciudades poco conocidas para mí. Estaba de vacaciones, claro, con un grupo de personas que conocía poco más que a aquellas urbes. Ya habíamos cruzado el mismo puente en por lo menos tres ocasiones anteriormente. Largo en kilómetros, tránsito delirante de sol a sol.

Yo, turista de caricatura. Ropa cómoda, lentes de sol, sonrisa de oreja a oreja alternando con expresiones de sorpresa, cámara de fotos colgada del cuello. Era, repito, quizás la cuarta vez que transitaba por ese puente. Pero había que sacar fotografías, aunque hacerlo me aburriera.

Íntimamente, prefería ver el paisaje con mis ojos desnudos, quería abrir la ventana de la camioneta y sacar mi nariz para oler el aire, pararme en una de las barandas del puente y tirarme al agua para después treparme a uno de esos barquitos que albergaba aquella bahía, si es que eso era una bahía, y hacerme pescador y capitán del navío, reprimir un motín de mis tripulantes, combatir un ataque de piratas, perder un ojo, hacerme pirata, viejo, escribir una autobiografía plagada de faltas de ortografía y de neologismos y cocinar el pescado más delicioso que nadie nunca hubiese probado.

Pero no. Tenía que sacar fotos, así que, cámara en mano, comencé. Soy un muy mal fotógrafo o al menos así me lo hacía saber, digamos, del angelito y el diablito, el último. Lo cierto es que ninguna de mis fotos lograba enmarcar el horizonte, el cielo completamente despejado, la majestuosidad del puente, o la adorable imagen de los barquitos anclados por allí. Mis fotos se dirigían invariablemente al piso, así que tras la media hora que nos tomó cruzar ese puente yo tenía una colección de fotos de las ruedas de los otros vehículos que nos acompañaban.

Un avión despegó desde un aeropuerto cercano. En breve estaríamos en un vuelo como ese, lo miramos todos con un dejo de nostalgia adelantada. Zoom mediante, fueron las únicas fotos logradas de mi parte. El pájaro de metal, mientras la charla se plagaba de carcajadas porque Noelia le tiene miedo a los vuelos, y llora, grita y dice que la está pasando mal para el delirio de todos. Pero me estoy yendo por las ramas.

El tránsito era demencial, al menos para nosotros, acostumbrados a nuestras calles casi pueblerinas. Me aburrí de sacar fotos, así que me dediqué a mirar las que ya había sacado. En ese momento comencé a notarlo. Las fotos eran un desperdicio, pero vi que al lado de las ruedas de los autos que transitaban con nosotros, estaban los pájaros. Arrastrándose como orugas. Fue la repetición de la imagen lo que captó mi atención. En todas las fotos había pájaros arrastrándose, y en algunas se veía como las ruedas los arrollaban sin que ellos pudieran evitarlo alzándose en vuelo, y la sangre y las tripas, las plumas y los ojos inertes.

Las cosas se fueron poniendo raras, la hora no avanzaba en nuestros relojes, el paisaje se hacía repetitivo como si tuviéramos déjà vu colectivos y continuados. Y el pájaro de metal. Volaba una y otra vez sobre el puente pero de una manera extraña. Lo pasaba siguiendo su ruta, pero reaparecía centímetros antes de él una y otra vez, arremetía en nuevas intentonas y fallaba invariablemente. Mis compañeros de viaje estaban concentrados en el mapa, en el itinerario, en las horas. Supuse que todo aquello que veía era producto del cansancio, les pedí disculpas y decidí dormir una siesta mientras llegábamos a nuestro primer destino.

Me desperté ahogado, atiné a abrir la puerta de la camioneta, lo cual fue bastante dificultoso dado el poco oxígeno que me quedaba y esas leyes de la física que no comprendo. Los demás estaban desesperados, había pedazos de lo que parecía ser piedra que caían sobre nosotros, el agua nos rodeaba, rugía, barbotaba, el habitáculo de la camioneta se deformaba. Yo, que pierdo la calma ante nimiedades, me mantuve tranquilo. Era el capitán de mi barco pirata, imaginé.

No pude evitar soltar una carcajada en medio de aquella batahola, lo que me dejó completamente exhausto. Ya saben, yo con la pata de palo y el ojo de menos. Salí, me sentí egoísta por tener que subir a tomar aire, lo comprendí todo cuando llegué a la superficie.

Nadé unos metros hacia abajo. Como un pez, azorado de la facilidad con que lo hacía. Vi la camioneta hundiéndose. Noelia, convertida en un pulpo, pasó por mi lado, me dedicó una mirada hostil, golpeó mi cara con uno de sus tentáculos, me recriminó porque se habían perdido todas las fotos. Miré mi pecho, la cámara de fotos flotaba. Cuando empezaba a reírme, me atacó una horda de peces. Peludos, humanos, familiares. La camioneta estaba alcanzando el fondo, pude ver mientras emprendía la retirada a la superficie.

Me trepé al primer barco que tuve cerca. Llegué a la cubierta, respiré agitado por unos minutos mientras la exploraba. Nadie. Me asomé sobre cubierta a gritarles a mis amigos, tuve una tímida respuesta de las olas. Levanté la vista. El pájaro de metal se resistía a hundirse, podía ver el horizonte en la línea que ocupaba momentos u horas atrás el majestuoso puente. Asombrosamente tranquilo, decidí recorrer el barco a la búsqueda de elementos que me permitieran rescatar a mis amigos.

– Están enojados porque no te convertiste en pez, escuché.

Me empujó al agua. Lo vi brevemente. Invencible.

Y mientras caía, lo asombroso. El cielo se llenó de aves, mi piel se llenó de escamas, caí en medio del pulpo y los pescados peludos, y luego de mi bienvenida decidimos huir a aguas más cálidas. Reíamos mientras surcábamos aquellas, azules. Ya nunca necesitaríamos transitar ese puente.

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