Arte macabro

Misterio 2022 Sabrina P.

Es un artista muy destacado, pero sus obras esconden una seña de identidad que pone en alerta a un investigador, quien está dispuesto a seguir sus pasos hasta descifrar el enigma.

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Su entorno lo denominaba el nuevo Banksy del arte urbano. Pero él quería reconocimiento con nombre y apellido y ser famoso. Su camino venía bastante bien, su entorno admiraba sus pinturas. Hasta ese día que un crítico de la revista Street-Art escribió literalmente que su trabajo apestaba. Le costó mucho sobreponerse a semejante impacto, justo cuando sus amigos lo motivaban a exponer en galerías para artistas promisorios. Veían que allí podría nacer una oportunidad para el talentoso Mark. Pero todo se truncó a partir de ese día.

Intentaron reconfortarlo, sobre todo Geremy por ser el responsable de contactar a la revista para que apreciaran las pinturas de su amigo. Todo fue en vano. Nadie lo invitaría a exponer si la principal revista de arte de la ciudad denostaba sus obras.

Mark cayó en picada y se recluyó en su extraña amiga Brenda, que le ofreció refugio para escapar de las burlas de los que siempre lo veían como un hombre raro que se comunicaba con pocos.

Nadie sabe bien cómo transcurrió ese año de Mark lejos de su vecindario. Algunos habían oído rumores de que tuvo un brote psicótico que lo llevó a estar internado. Poco más.

Un día, Geremy fue contactado por el periodista que redactó el lapidario artículo sobre el trabajo de Mark. Lo notó incómodo, con la voz entrecortada. Pedía información sobre el paradero de su amigo artista, pero él no pudo ayudarlo.

Al otro día, los conocidos de Mark se vieron sorprendidos por la presencia de la Policía golpeando en sus casas. Indagaron acerca de su pasado y preguntaron si tenía familiares a quienes entrevistar. Uno de los agentes se mostró particularmente interesado en saber si Mark había expresado intenciones de agredir al periodista que criticó su trabajo. Pero nadie había oído algo al respecto.

Geremy no se contuvo y se dirigió al edificio donde funcionaba Street-Art, porque sospechó que algo andaba mal.

El periodista le contó que la mañana anterior, al salir de su casa se topó con un macabro mural en una enorme pared frente a su casa que no estaba firmado por Mark, pero que dejaba ver su intencionalidad. En la obra se distinguía claramente un rostro ensangrentado, una cruz, y como firma llevaba «Street-Art» en clara alusión a la publicación para la cual trabajaba.

La Policía fue hasta el lugar y al acercarse al mural, a uno de los agentes le llamó la atención algunos detalles de la pintura utilizada. Coincidieron con su compañera que en la pintura podría haberse utilizado restos de sangre, lo que fue confirmado en posteriores pericias. La preocupación escaló rápidamente.

Había que encontrar y detener a Mark en el menor tiempo posible para saber cuáles eran sus intenciones.

Consiguieron la dirección de su amiga, donde presumiblemente se hallaba, y montaron un gran operativo para atraparlo.

La casa estaba en un subsuelo, con una única entrada a través de una larga escalera. Los agentes golpearon varias veces y al no tener respuesta derribaron la puerta. Iban con orden de allanar, por el riesgo que representaba la situación.

A medida que bajaron los primeros escalones el mal olor anticipó lo que verían. Unos restos de pizza rancios sobre una mesa indicaba que nadie habitaba el lugar desde hacía un tiempo.

Inmediatamente convocaron al equipo forense alertados por la presencia de restos humanos. En la sala principal encontraron una docena de cuadros firmados por Mark. ¿Creaba su propia galería?

Todo fue incautado y llevado a laboratorio para su análisis, lo que revelaría una historia escalofriante. Los restos encontrados correspondían a Brenda, la dueña de casa y amiga del artista.
El caso cobraba extrema relevancia, los investigadores no tenían dudas de que estaban frente a un caso grave y complejo.

El detalle más macabro llegó más tarde, cuando se descubrió que los cuadros contenían cenizas, sangre e incluso fragmentos de carne humana diseminados en el lienzo.

A partir de ese momento el caso se transformó en el mayor misterio, sobre todo porque en los restos de pizza también detectaron tejido humano. Solo esperaban confirmar las peores sospechas.

En ese momento urgía localizar al periodista de Street-Art. ¿Quizás la última obra de Mark? Lo llamaron insistentemente, pero nunca atendió.

Los agentes se dirigieron rápidamente hacia su casa conscientes del riesgo que corría el editor. Pero allí la historia tendría el desenlace menos esperado.

El periodista recibió a los policías con cortesía, pero su mirada enunciaba preocupación. Ingresaron dos agentes y el resto permaneció afuera de la casa.

Cuando empezaron a contar lo que había sucedido en el marco de la investigación y alertarlo del riesgo que corría, desde una escalera que daba a un subsuelo asomó un joven con la mirada perdida y movimientos erráticos.

El periodista reprimió al sujeto ordenándole que fuera a su cuarto, pero en una reacción intempestiva este comenzó a agredir a los policías al grito de «¡no me van a detener, no me van a detener!», al tiempo que comenzó a arrojar objetos.

Los oficiales actuaron inmediatamente y con la ayuda de sus compañeros que estaban afuera redujeron al extraño. El periodista intentó interceder y también fue reducido.

Mientras esto pasaba, Diana, una de las oficiales del caso, tomó la iniciativa de bajar las escaleras por donde apareció el joven y se topó con lo peor. Un sótano apenas iluminado, olor fuerte y desagradable y muchos cuadros en las paredes. La agente atinó a tomar un recipiente de una conocida marca de un producto bio enzimático para neutralizar olores de cadáveres que la Policía bien conoce.

¿Qué había detrás de la perturbadora escena? Nuevamente el equipo forense entraría en acción para develar la historia. Faltaba el relato del reportero de arte que tenía mucho para explicar.
Mientras se desarrollaba la indagatoria se supo que el cuerpo de Mark estaba en una de las bolsas halladas en el lugar, lo que provocaba un rotundo desconcierto en el equipo de investigadores. Hasta que, agobiado por las circunstancias, el detenido dio detalles asombrosos.

El joven descontrolado –que hasta ese momento no había emitido palabras– era su hijo. Ese que alguna vez quiso ser un artista reconocido a influjo de su padre, un amante del arte con una historia frustrada por falta de talento. Entonces quería que su hijo brillara, sin medir las consecuencias de la presión a la que lo sometió desde niño. Hasta que el joven enfermó y empezó a tener reacciones de furia incontenibles que lo llevaron a un cruel laberinto.

Fueron a la misma escuela de arte que concurrió Mark, quien sí tenía unas cualidades innatas. El crecimiento artístico de Mark era proporcional a la ira de su excompañero y de su padre. Ambos desarrollaron un ensañamiento enfermizo hacia Mark, porque no toleraban que alguien que había estado tan cercano sobresaliera y se transformara en el nuevo ídolo de la comunidad.

Mark estaba feliz y soñaba con ser un reconocido artista. Y no fue el artículo de Street-Art lo que lo empujó al exilio. Mark fue secuestrado, en el marco de un plan siniestro que tuvo todos los elementos fríamente calculados por el brutal editor. Nada fue al azar, ni siquiera la participación de Geremy que recibió una recompensa por su papel secundario fingiendo que estaba preocupado por el progreso de su amigo y por eso llamó a la revista para promocionarlo. Ni el mural con la supuesta amenaza. Todo, todo fue armado por una mente retorcida.

A dos meses de la condena el reportero fue asesinado por otro recluso que contrató su propio hijo, quien luego usó la sangre para firmar un cuadro que pintó en su celda.

«Street-Art», la autografió.

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