36 A (IV)

Drama 2024 Manuel

Lo que había comenzado como un viaje en avión ahora se vuelve cada vez más confuso.

Comenzar la lectura

Click aquí para leer parte 3.

– Te pido disculpas por las cosas que has tenido que vivir últimamente, pero tú mismo elegiste el camino. ¿No recuerdas nada acerca de los agujeros de gusano de Lorentz?

Otra vez el hospital. Una habitación blanca, sin ventanas. Este hombre sentado en una silla a un costado de mi cama mirándome con cara de circunstancias. Mi ceja derecha, claro, seguía doliendo. Y yo que no entendía por qué estaba allí, si mi último recuerdo era de mí mismo, en un baño de un avión, intentando bloquear la puerta y portando un arma de fuego. Y, por supuesto, todo lo que venía antes. Me llamaba, sí, la atención, no recordar hacia dónde se dirigía ese vuelo. Es decir, recordaba más o menos bien lo que había pasado antes, si bien los recuerdos eran inconexos y alternaban entre el hospital y el avión, el yo armado y el hombre armado que yo había visto… Pero no recordaba el destino. Para ser más preciso, ni lo recordaba ni me interesaba, cuando pensaba en esa parte de la historia me embargaba una sensación de completa irrelevancia. Y claro, estaba empezando a dudar. ¿Qué era lo real?

– No puedo quedarme mucho rato, me dijo ese hombre. Logré colarme de casualidad al hospital y a tu habitación, en algún momento se van a dar cuenta y van a venir a buscarme. ¿Realmente no te acuerdas de nada?

– No entiendo de qué me habla, señor.

– ¿No te han pasado cosas raras últimamente?

– Bueno, sí, estoy un poco confundido con lo que ha pasado últimamente, de hecho no estoy ni siquiera seguro de dónde estoy ni de qué es real y qué no. Pero… ¿cómo puede usted saber eso?

– El avión. Ese vuelo. ¿Adónde iba ese vuelo?

Lo miré sorprendido. ¿Cómo podía saber este hombre acerca de ese vuelo, cuando yo mismo estaba dudando si yo realmente había estado en ese avión? Me incorporé nervioso, lo tomé por los hombros, acerqué mi cara a la suya.

– ¿De qué me está hablando?, grité.

Él se rio nerviosamente.

– Manuel, tú nos lo dijiste. Ibas a tomar un vuelo que no debía llegar a destino. Porque si llegaba algo grave pasaría. ¿En serio no recuerdas nada?

Se le llenaron los ojos de lágrimas, quitó mis manos de sus hombros y agachó la cabeza como queriendo buscar respuestas.

– No entiendo de lo que me habla, señor. Todo esto es demasiado raro. Usted… usted es un psiquiatra, ¿verdad? Y esto es algún tipo de prueba, supongo. Bueno, está bien, lo reconozco, tengo recuerdos de haber estado en un avión, de ya haber estado en este hospital, no sé lo que es real, estoy muy confundido y no me están ayudando.

Mi tono de voz se fue elevando mientras le hablaba, mi cara enrojeció, le di unos golpes a las paredes y me paré frente a la silla de este hombre con el cuerpo en actitud de ataque.

– ¡No sé qué tipo de psiquiatras son ustedes, imbéciles, hijos de puta! ¡Lo único que hacen es jugar con mi mente!

Ese hombre se paró de la silla, abrió los brazos, me miró con cara de acreedor.

– No, ya te lo dije. No soy ningún psiquiatra. Me metí al hospital esquivando al personal de seguridad. Te lo voy a decir rápido antes de que me encuentren. Tú no tienes ninguna enfermedad psiquiátrica. Nosotros nos conocemos. Tú estabas desarrollando un fármaco que te podría permitir atravesar agujeros de Lorentz, o que te lo habría permitido, no lo sé exactamente, Manuel. Siempre fuiste demasiado reservado. Nos juntaste Manuel, nos juntaste. Nos dijiste que si ese vuelo llegaba a destino…

El hombre se puso a llorar. Yo, que seguía tremendamente confundido, no supe como reaccionar. Esperé unos segundos. Él lloraba desconsoladamente y balbuceaba, por lo que me paré y lo abracé. Él siguió hablando entre llantos. Mi ira se había diluido.

– Nos dijiste que tenían efecto hipnótico, y que podían hacer que te olvides de cosas, y que podías volver antes de tiempo y que si volvías te hiciéramos acordar.

Lo empujé. Él, aún lloroso, me miró. Si antes de hablar con él no sabía que pensar… Sabía mi nombre. Sabía cosas acerca de ese vuelo. Y le importaba, se notaba en su lenguaje corporal. Los agujeros de Lorenzo, o como se llamasen, eran un misterio para mí, y yo no recordaba haber desarrollado nunca un fármaco para nada. Es decir, todo esto no hacía nada más que sumar confusión a mi mente que ya no podía distinguir lo real de lo irreal. Pero por primera vez desde mis últimos recuerdos había alguien que parecía ser sincero.

– ¿Có… cómo puedo yo creer en todo esto?, pregunté ahora yo lloroso.

– Porque nosotros te creemos, Manuel.

WhatsApp
FbMessenger
¡La URL se ha copiado correctamente!