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Algo tibio deslizándose por mi cara comenzó a molestarme. Segundos después, el sabor metálico de la sangre en mi boca hizo que me despertara y que recorriera con mis ojos, lentamente, aquella pequeña cabina. No estaba nada seguro de dónde estaba. Tenía, sí, un dolor de cabeza como no había tenido nunca, que se concentraba particularmente en mi ceja derecha. Llevé mi mano izquierda a mi cara como intentando examinarla, lentamente y en tres movimientos, de izquierda a derecha. La última vez que coloqué esa mano sobre mi cara, vi la sangre. Sangre fresca y coágulos pegados, por lo que deduje que, donde fuera que yo estuviera, había estado allí por un tiempo considerable.

Sacudí la cabeza como queriendo terminar de reaccionar, empecé a salir de ese estado de introspección, si es que así puedo llamarlo, y llegó a mis oídos el zumbido de los motores. Claro, el vuelo. Ahora tenía las cosas un poco más claras. Había tomado mi medicación, razoné, y a veces el despertar con esa medicación es así, más lento y con momentos de confusión.

Volví a recorrer aquel lugar con mis ojos. Era, indudablemente, el baño de un avión. Yo estaba en una posición extraña, sentado en el piso delante del inodoro con las piernas extendidas de manera que mis pies se apoyaban en la puerta. Los músculos de mis piernas, además, estaban contraídos, como si yo hubiera estado queriendo asegurarme de que nadie podría abrir esa puerta, más allá de que el seguro estaba puesto.

Me paré buscando el espejo. Tenía una herida, como había sospechado, en la ceja derecha, de la que aún manaba un hilo de sangre. Mi párpado estaba bastante inflamado, así que yo no podía casi ver mi ojo derecho, y alrededor de la herida y sobre mi mejilla derecha había restos de sangre seca. Sí, había estado ahí por bastante tiempo, porque además la sangre había llegado al piso y en el aire había ese olor ferroso.

Me lavé como pude. El dolor de cabeza que tenía era tan intenso que no podía pensar con claridad, así que volví a sentarme en el piso extendiendo mis piernas para bloquear la apertura de la puerta con mis pies, e intenté concentrarme en recordar cómo había llegado ahí.

Recordé, sí, que hubo jaleo en un momento de turbulencias. Las azafatas corrían y gritaban, había una persona que gritaba que alguien en el avión tenía un arma. Después de eso recordé un fuerte golpe, y nada más.

Mis recuerdos eran muy difusos, algo así como los recuerdos que uno tiene de un sueño, o de una pesadilla. Pero me indicaban que había una persona armada en el avión, así que volví a examinar el pequeño baño en el que me encontraba para ver si había algo que pudiera usar para defenderme. Nada.

Tomé coraje, volví a pararme. Tenía que salir de ese baño para ver qué estaba pasando afuera. Respiré hondo varias veces, hice tronar mis huesos y relajé mi espalda como preparándome para una pelea, apreté varias veces mis puños. La última vez que respiré profundamente, metí las manos en los bolsillos como para estirarme completamente y dejarme listo para, eventualmente, atacar. En mi bolsillo derecho toqué algo pesado, frío, metálico.

Yo, encerrado en ese pequeño baño de avión al que no estaba seguro de cómo había llegado, tenía un arma.

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