13 historias desde el piso 13

Ficción 2024 Fede

En la terraza, allá, en el piso 13, veo ositos. Y, a veces, veo al diablo.

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1) El guiño del maligno

En la terraza, de noche, veo ositos y, a veces, veo al diablo. La noche es fantástica. En el piso 13 no puede ser de otra manera. Sí, tengo 32 años y un amigo invisible, pero no me importa. Me gusta, de hecho. Cada trago es más rico que el anterior. Mi amigo invisible es un oso violeta, pero eso no le importa a nadie. Hablo con él, miro las nubes, le muestro como se refleja en el cielo. Los ositos, claro. Me asomo sobre el balcón. 13 pisos, me da vértigo, náuseas, vomito y extrañamente vomito plumas. Blancas y gordas de pelos. Raro, no recuerdo haber ingerido plumas, pero caen oscilantes, lentas, adornando la vista de los vecinos de los otros 12 pisos, supongo.

El vecino del piso 11 se asoma en su balcón, furibundo, pero mirando hacia arriba. No tengo ganas de oír improperios así que entro, me sirvo algo más, hablo con mi oso violeta. Me dice que hay que poner música para ignorar al idiota, así que elijo el más ruidoso heavy metal que encuentro en Internet y lo pongo a todo volumen. Un guiño de aprobación de mi amigo es lo único que necesito, y lo obtengo. Prendo dos cigarrillos. Uno para mí, uno para mi amigo. Como él no puede fumar, o no quiere fumar, o no sabe fumar, me fumo ambos mientras él me aplaude y ríe, cae de espaldas, patalea y se orina de risa sobre la alfombra.

Termino de fumar. Tengo las dos colillas en la mano, miro a mi amigo el oso, esbozo una sonrisa, me doy vuelta. Me asomo sobre el balcón para tirarlas. El vecino del piso 11 se asoma al unísono, yo tiro las colillas que por suerte lo esquivan, me grita que soy un hijo de puta. En el intento de esquivar su mirada veo el piso, allá, 13 pisos abajo. Vértigo, náuseas, y vomito un gatito barcino, orejudo, bonito, que cae con las uñas sobre la cara del vecino. Un par de alaridos después veo al gatito aplastarse. Entro horrorizado. El oso violeta y el pis del oso violeta son imaginarios, pero sí vomité plumas y un gatito barcino. Y la calle está llena de las plumas, de la sangre del gatito, y en el medio está el cuerpo del gatito muerto.

Tomo aire. Sirvo vino. Tomo aire, y aire y aire. Estoy asustado. Prendo el último cigarrillo que me queda, salgo a la terraza. Apoyo mis pies, cómodamente, en la baranda del balcón. Entrecierro los ojos, miro las nubes. Y veo al diablo. Sus ojos y sus cuernos y su cola. Me habla y me hace asomarme al balcón, me hace ver el piso, allá, 13 pisos abajo. El del piso 11 se asoma otra vez. Yo vomito una espada con bordes filosos, el diablo me guiña el ojo mientras se deshace, mi oso violeta llora.

Hago equilibrio en la baranda y miro al cielo. Nada. Me hace gracia hacer equilibrio con una pierna y no caer.

2) El zig-zag del zig-zag

Fue Woshi quién lo notó. Sí, el oso violeta, mi amigo invisible, si es que a alguien le importa quién es. Entró desesperado. Yo estaba sentado en el sofá, tratando de comprender cómo fumar esos cigarros raros que había comprado, tratando de saber de qué origen eran, y quejándome porque no encontraba etiquetas en la latita. Mi amigo saltaba, gesticulaba, ponía cara de psiquiátrico. Hablaba algo de alguna ventana en algún edificio. Estaba particularmente molesto. O mejor dicho molestador, si me lo permiten, porque desconozco si todos ustedes son buenos entendedores.

Lo ignoré, prendí uno de esos cigarros y salí a la terraza. Me apoyé en la baranda. Aspiré el humo de ese cigarro, me dolió la garganta. Tuve un prolongado acceso de tos y recordé que la latita recomendaba no aspirar el humo para mayor disfrute. No tenían sabor a crema ni a café en ese momento, emití unos cortos insultos hacia el fabricante, tiré el cigarro raro y lo vi caer, raudo y con su lucecita zigzagueante, 13 pisos.

Él salió como una tromba, me pateó como te pueden patear los amigos invisibles, pero se la creí y me caí. Vi desde el piso su cara de desesperación. Haciendo caso omiso del intenso dolor que sentía en mi espalda, le pregunté. Había una luz titilando en una ventana, me dijo preocupado, mientras señalaba desesperado hacia un punto cardinal complicado de ver para mí caído por culpa de su patada.

Enojado con él, y dolorido por su culpa, lo insulté hasta que decidió irse a dormir. Sí, duerme. Intenté levantarme pero mi lumbalgia me lo impedía. Giré dolorosamente mi cuello, vi un edificio que no recordaba haber visto antes y, en efecto, en una ventana una luz titilaba y permitía especular una escena sórdida. Ayudándome con los barrotes de la reja de la terraza, me levanté.

Tengo una visión excepcional, así que me dediqué a mirar por aquella ventana en los breves momentos en los que la luz me lo permitía. Lo vi claramente, un cadáver ensangrentado envuelto en sábanas, el cuchillo homicida, una persona caminando en la casa intentando borrar evidencias.

Entré yo desesperado esta vez a despertar a Woshi. Tuve que dar varias vueltas por la casa, él duerme en lugares raros, y lo encontré acurrucado detrás de la heladera. Tuve que calmarme y ser delicado para despertarlo, porque ya sé que se enoja si lo despierto de golpe y bien sabe usar sus zarpas. Estaba obviamente ofendido pero supo comprender mi ansiedad y, una vez despierto, me acompañó a la terraza. Compartió mi apreciación, le pregunté que hacer, me obligó a llamar a la policía.

Tengo un miedo patológico a los policías, a los jueces, a las cárceles, a la posibilidad de, alguna vez, ir a la cárcel. Así que evito todo contacto. Pero mi amigo me obligaba, así que llamé, grité la dirección y ningún dato más, cerré la ventana, martillé una frazada para que no se viera el interior, me aseguré de que la puerta estuviera trancada y desfallecí, agotado de tanto estrés, en la alfombra del baño, no sin antes cerrar la puerta y gritarle a Woshi que se escondiera bien, que podía oír las sirenas y me estaban asustando.

Me golpeó la puerta del baño a las 9 de la mañana. Desperté ávido de información, imaginaba los diarios titulando morbosamente gracias a mí. Bueno, a nosotros. Dediqué mis primeros tres minutos a comprobar que nada. Nos miramos interrogantes, descolgamos la frazada, salimos a la terraza.

No había ningún edificio en el lugar en el que ayer titilaba la luz en una ventana en un piso alto de un edificio. Woshi se desmayó, yo me horroricé y empecé a llamar ambulancias para que vinieran a asistir a mi amigo.

3) La advertencia

Creo que ya se los conté, pero se los reitero por si acaso. En la terraza, allá, en el piso 13, a veces, veo al diablo. Siempre de noche. Y el veinticuatro de diciembre, en la víspera de la Natividad misma, lo vi de día por primera vez. Mi amigo, sí, el oso violeta, se había levantado contento. Yo le había regalado unos almohadones mullidos para que duerma cómodo ya que duerme, como les dije, en cualquier parte de la casa, siempre en el piso. Cuando se levantó lloró de la emoción, vino a los saltos a abrazarme y me dio un par de zarpazos que me causaron algunas heridas como agradecimiento, porque yo le mentí que Papá Noel se había adelantado, pero creo que en el fondo sabía que era yo quien le había hecho el regalo.

Luego de soportar su efusividad, salí a la terraza. Las 3 y 47 de la tarde. Y lo vi. Esta vez solo su cara y sus cuernos. Me lo advirtió con su voz de ultratumba, en las próximas horas iba a haber batahola en las calles de la ciudad. Pero de las grandes, podríamos morir o ser severamente injuriados de salir de la casa, interpreté. Rió con esa risa maldita que me da escalofríos y que hace que Woshi tiemble y grite horrorizado y se esconda en el lavarropas mientras su cara y sus cuernos se difuminaban y quedaba el cielo limpito, celeste, con un sol radiante.

Entré un poco preocupado. Tenía que resolver. Decidí bajar los 13 pisos, ir al supermercado. No le creo demasiado al maligno. Me miente con asiduidad. Pero decidí que mejor es que sobre, por si las moscas, y le dije a Woshi que bajaba a buscar algo para comer. Un lastimoso mugido desde dentro del lavarropas fue toda la respuesta que obtuve.

No sabía la cantidad exacta de tiempo que podría durar aquello, así que decidí ser previsor. Cargué rápidamente 9 kilos de arroz, 19 paquetes de fideos, 15 kilos de tomates y de manzanas. 125 cebollas y morrones, 7 kilos de queso rallado. 25 latas de arvejas, 8 kilos de harina, incontables paquetitos de levadura seca. 18 litros de aceite. 15 kilos de carne de vaca, algo que no sé comprar, 7 pollos y el único pavo que había, lamenté. Tuve que pelearme con unas señoras en la fila, ellas no poseían la información, razoné mientras me cobraban que podía cortarse la luz, volví con falsas disculpas entre dientes y – que se caguen todos – por 4 latitas de un cocido madrileño que estaba listo para comer. No podíamos pasar hambre.

A las doce de la noche, después de enterarme que el diablo había sido un querubín del padre del que festejábamos su nacimiento, porque por aburrimiento nada más consulté su biografía, comprobé que tenía razón. Sí, me senté en la terraza y comenzó. La ciudad toda explotó en un infernal estruendo y misiles de diferentes colores recorrían, amenazantes, el firmamento. El espectáculo era aterrador, pero nada podía yo hacer. Si alguno de los misiles decidía apuntar a nuestro domicilio, éramos Historia.

Le grité a Woshi en medio del alboroto, no me escuchó, lo busqué desesperado por toda la casa y encontré que seguía escondido en el lavarropas, tapado además con toda la ropa sucia. No quise molestarlo, suele tener reacciones demasiado efusivas cuando se asusta, así que me resigné al riesgo y metí el pavo al horno, abrí un buen vino francés que tenía reservado para ocasiones especiales, y el inminente final, reí a carcajadas, sí que constituye una, y prendí el televisor.

Afuera seguía el trueno, adentro Woshi seguía en el lavarropas. Tomé un sorbo de ese tinto corpulento y me sentí orgulloso de mi tranquilidad.

4) La imagen especular

Se acercaba el cumpleaños de Woshi, así que decidí que era hora de que mi amigo conociese el exterior. Quería hacerle un regalo, además, por lo que decidí invitarlo a recorrer unas pequeñas librerías que hay en las cercanías de nuestra casa. No fue fácil, tengo que contarles, él es muy reacio a las nuevas experiencias y no le agradan los espacios abiertos.

Tuve que sobornarlo con kilos de maní y de helado de chocolate, pero lo logré. Claro, se puso un sobretodo, bufanda y lentes negros a pesar del calor agobiante, pero accedió. Bajamos los 13 pisos, tuvo una crisis de angustia cuando llegamos a la puerta, pero hablando se entiende la gente así que finalmente salimos.

Recorrimos un sinfín de librerías sin que yo pudiera encontrar nada que me pareciera digno de Woshi. Él estaba con calor, yo empecé a sentirme frustrado y a insultar a mi suerte.

Cuando él comenzó a pedir para regresar, y a decirme que no le importaba no tener un regalo, lo encontramos. Un viejo de aspecto algo tenebroso, de pelo gris y barba sucia, tuerto, plagado de profundas arrugas y con pequeñas asimetrías en su fisonomía que aunque apenas perceptibles lograban que su cuerpo ejecutara una inquietante “danza” con cada movimiento, tenía un único artículo a la venta sobre una mesa desvencijada. Leí el interés en el rabo del ojo de Woshi, que es muy reticente a pedir cosas, y sobreponiéndome al desagrado que me causaba este personaje, le pregunté el precio de aquel libro.

Era excesivamente caro, y a mis intentos de regateo el viejo le subía el precio, así que tras tres aumentos y notando el creciente interés de mi amigo, sin siquiera preguntar qué libro estaba comprando, se lo pagué. El viejo rió entre dientes, esbozó una expresión de alivio y se retiró contando mi dinero dejando su mesa abandonada.

Un poco extrañado pero razonando que quizás estaba siendo víctima de mis propios prejuicios, decidí hacer caso omiso a mis impresiones, y me dediqué a inspeccionar junto con mi amigo su nueva posesión. Encontramos que habíamos adquirido un antiguo y bonito ejemplar del cuento “El retrato oval” de Allan Poe. Era un poco llamativo, sí, una encuadernación en cuero con apliques metálicos que contenía un sólo cuento, impreso en letras grandes para que abarcara más páginas, supongo.

No me gusta Allan Poe, es muy oscuro y Woshi muy impresionable, pero lo hecho, hecho estaba. Lo importante era que Woshi estaba contento, y ambos ansiosos por regresar a nuestra casa.

A nuestro regreso se hizo de noche y apenas llegamos Woshi se dedicó a leer su cuento. Yo, un poco sugestionado por el aspecto del vendedor, un poco preocupado porque conozco a mi amigo, me senté en la computadora a mirar videos de gatitos para intentar calmarme, aunque no sin vigilarlo de reojo.

Leyó el cuento muy rápidamente, y su reacción fue algo parecida a la que yo esperaba. Se levantó a los alaridos, tomó el libro a zarpazos hasta que lo destruyó, salió a la terraza y arrojó los restos al vacío. Entró completamente horrorizado, pálido, me gritó como un psiquiátrico que habíamos cometido un error terrible, que algo muy malo iba a suceder. Me tomó a mí a zarpazos, llorando como un condenado, hasta que me puse firme y le dije que se fuera a dormir, que estaba armando un escándalo porque estaba asustado por un cuento.

Ahora bien, al lado de la mesa en la que tenemos la computadora hay un sofá. Al frente, detrás de la computadora exactamente, en la pared, un espejo. Después de que le grité y lo empujé, se acostó en el sofá. Me resultó llamativo, siempre duerme en el piso y escondido en rincones impensables.

Apagué la luz para que él pudiera descansar y decidí leer las noticias. Fueron unos minutos nada más. Un reflejo en el espejo desvió mi atención de la computadora, y me vi. Yo, viejo, con aspecto cadavérico, caminando hacia mi reflejo, el mío de ahora, con los brazos extendidos, la boca babeante, una expresión de maldad en esa mirada, y a una distancia imposible en esa habitación. Quedé congelado de horror y me di cuenta de que, a cada paso que aquel espectro daba, él rejuvenecía y yo envejecía.

Imaginé el futuro de mi amigo si aquel ser llegaba. Era malo, lo sabía yo muy bien. Intenté gritar, no pude, quise girar mi cabeza para mirar, por última vez, a mi amigo. Tampoco.

Mi amigo se levantó súbitamente, tomó uno de los zapatos que yo afortunadamente me había quitado, lo lanzó con fuerza al espejo y lo rompió. Él salió corriendo a prender la luz, yo a mirarme al espejo del baño. Se habían borrado las arrugas que se habían formado, en segundos, en mi cara.

Salimos ambos a la terraza, nos miramos con alivio y bajamos, nuevamente, los 13 pisos. Había que incendiar los restos de aquel ejemplar de aquel cuento.

Click aquí para leer parte 2.

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